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Portada del LP "Los unos por los otros"

Los unos por los otros, de Paco Ibáñez
por
Pedro M. Martínez

     Hablar de Paco Ibáñez es hablar de tres temas a la vez: música de cantautor, poesía y compromiso político de la música (con ‘m’ mayúscula). El transcurso del tiempo les ha ido «poniendo canas», con mejor o peor fortuna, a cada uno de ellos: la poesía pervive, por supuesto, pero el compromiso social de la música está bajo mínimos en estos tiempos de las radio «fórmulas» y los cantautores («trovadores y juglares», les llamó José Agustín Goytisolo) se han convertido en un mito, en una fábula del «futuro pasado» —permitidme parafrasear el título del inolvidable disco de The Moody Blues— que pervive en el recuerdo de los que entonces se llamaron progres, una generación ni mucho menos perdida que contribuyó al cambio de muchas sensibilidades.

     Volvamos la vista atrás. Corre el año 1958 y una amiga de Ibáñez llega a Cadaqués con una grabación de prueba de canciones con letras de poemas de Góngora y Lorca. La «maqueta» es entregada a Salvador Dalí que, luego de escucharla, quiere conocer inmediatamente a aquel joven de cara seria y entrecejo casi siempre fruncido que le presta un cierto aire de tristeza. Del encuentro nacería posteriormente un disco cuya portada fue realizada por el pintor catalán y que contenía poemas cantados de los autores citados, tales como: Canción de jinete; El lagarto está llorando; La señorita del abanico o La más bella niña… Este disco anticipó al que nos ocupa —Los unos por los otros— una preciosa grabación de 1967 publicada en España por Polydor, con producción de Moshé Naim —un millonario amigo de Dalí que vivía en París— quien dedicó una parte de su dinero a financiar la cultura. Naim escribió en el encarte del vinilo que: «[…] Es destacable cómo la música escrita por Paco Ibáñez se compenetra con estos poemas, de forma que se creería que todo ello fue concebido y nacido junto. Su voz extraordinaria se une a ello para transmitírnoslo y hacerlo popular…».

     El final del anterior párrafo presta relieve a la situación que se vivía entonces, a la que plantaron cara cantautores y productores: la censura franquista no dudó en intervenir y Paco Ibáñez —quien en 1971 se tuvo que exiliar en Francia— fue incluido en la lista de artistas prohibidos. Con ello, el vinilo se convirtió en un objeto «revolucionario», en un símbolo de la lucha contra la represión de la dictadura militar. Transmitir y hacer popular la poesía, fue el diáfano objetivo de esta obra que trascendió la belleza estética de sus impecables composiciones y su cuidada presentación —el encarte del L.P. reproducía 12 pinturas de José Ortega— para convertirse en uno de los símbolos de la generación que, algunos años después, encarnaría el cambio  político en España.

     Canciones/poemas como, por ejemplo, Andaluces de Jaén (el cantautor, sorprendentemente, pudo interpretarla en TVE, en 1968), en la que el contrabajo de Françoise Rabbath interpreta un diálogo maravilloso con la clara y potente voz de Ibáñez; La poesía es un arma cargada de futuro, en donde los versos de Celaya brotan combativos y enérgicos, para dar «vida, y provocar nuevos actos» al compás del vibrante sonido de la guitarra de Ibáñez o la música socarrona que acompaña el poema Don Dinero lograron que se comprendiera entonces que aquel disco era algo más, que se convertiría —como así ha sido—  en una de las obras más importantes de la música española.

     En alguna parte escribí que «aposté» en su momento por Paco Ibáñez, pero que «ganó» Joan Manuel Serrat, mas este debate no tiene sitio aquí, creo. Sí decir que la prolífica obra del cantautor catalán no puede compararse con la comparativamente «escasa» producción del primero: en su página web oficial (en donde se recibe al visitante con la canción La poesía es un arma…) se cuentan doce discos. Los prolongados silencios del músico nacido en Valencia y su carácter austero y poco dado a medrar en el mundo de lo mediático —nunca quiso aceptar los importantes premios que recibió en España y Francia— habrán sido, entre otras razones, los culpables del desconocimiento que sobre él tienen las nuevas generaciones.

     Una falta de conocimiento por parte de los más jóvenes que también se da en el caso del disco aquí comentado: la bella portada del vinilo ha desaparecido por completo de los catálogos de reediciones y de Internet. Ni siquiera en la página oficial del cantautor el disco se llama así: ahora se titula Paco Ibáñez 2. Sin embargo, por encima de las necesidades editoriales del momento, aún queda el recuerdo de una época en que las grabaciones se vestían de calidad y arte, de unos tiempos en que algunos millonarios se arriesgaban a producir obras de autores desconocidos sin pensar en el beneficio inmediato.

     Una época de ilusión y de creatividad que nunca volverá, pero que con trabajo y tenacidad se puede repetir algún día:

Si he perdido la vida, el tiempo,
todo lo que tiré como un anillo al agua.
Si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

(Blas de Otero)

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Artículo publicado originalmente en Autaria
© 2008 – Derechos reservados

 

El vuelo 815...

 

Námaste
Perdidos por Lost
 

La factoría televisiva ha vuelto a dar en el clavo. La serie Lost (‘Perdidos’) ha cosechado un indudable éxito en las cinco temporadas que se han emitido hasta el momento. Hoy en día el triunfo no se mide sólo por los niveles de audiencia —sobre todo porque algunas de estas producciones de televisión se emiten en muchos países por canales de pago— sino también por el número de friquis que se encargan de difundir obsesivamente una obra a través de foros, blogs y demás sitios de encuentro en Internet. El término friqui (o friquie, o frik…) se deriva —como saben ustedes— de la palabra inglesa freak que significa ‘extraño’, ‘estrafalario’, o, por extensión, ‘monstruoso’ (recuerden la película Freaks realizada, en 1932, por Tod Browning) y define a los fanáticos que se reúnen en torno a temas que suelen tener que ver con la ciencia ficción, el anime, el manga, los juegos de rol o los videojuegos.

Lost cuenta de sobra con los condimentos que sazonan un buen plato mediático; de hecho, ABC, la cadena norteamericana productora, decidió comenzar su rodaje sin tener un guión completo de la historia, iniciándose el mismo con un simple bosquejo de la trama desarrollada por J.J. Abrams (productor de Star Trek XI, entre otros títulos), Damon Lindelof y Jeffrey Lieber (a quien algunos niegan el honor de ser uno de los creadores de la serie dado que sólo escribió el episodio piloto de la misma) quienes desarrollaron una compleja obra en donde se mezclan con innegable habilidad, la ciencia ficción, el suspense, el drama y la aventura. Desde el principio, los productores de la obra fueron capaces de ver cómo Perdidos se convertiría en una serie de éxito; los friquis —y los que no lo son— tienen tela que cortar para rato.

Perdidos (en algunos países latinoamericanos se titula Desaparecidos) arranca con el accidente que sufre un avión que parte de Sidney hacia Los Ángeles, tiene un problema en el curso del trayecto y se estrella en una misteriosa isla situada en el Pacífico. Los supervivientes del accidente se dan cuenta que va a resultar muy difícil que los rescaten y se preparan para sobrevivir en aquel lugar ausente del mapa en donde, por cierto, hay abundante comida y agua y un paisaje espectacular (la filmación se ha venido realizando en una isla de Hawai). La isla, de una extensión considerable, es de lo más parecido a un paraíso perdido, pero los accidentados pronto tienen que empezar a vérselas con inquietantes sucesos tales como la aparición de unos misteriosos habitantes que Rousseau —una científica francesa que sobrevive allí desde que el barco de su expedición naufragara hace años— nombra como los otros y de la existencia de una extraña epidemia que, según la francesa, habría sido la causante de la muerte de sus compañeros de viaje. Rousseau estaba embarazada cuando arribó a la isla y da a luz una niña que le es robada por los otros. También entre los supervivientes del avión estrellado hay una joven en cinta que es raptada por uno de los misteriosos habitantes de la isla; la joven regresa al cabo de poco tiempo sin poder recordar nada de lo que le ha sucedido. Redondeando el sugerente comienzo de la serie, John Locke (quizá el personaje más atractivo de la misma) descubre una extraña esclusa cubierta por la tierra y la hojarasca; la esclusa es volada con dinamita que encuentran en un lugar conocido por la Rousseau y Locke y  algunos de sus compañeros pueden acceder a un búnker subterráneo…

Después de cinco años de emisión, Lost es un denso entramado de sucesos y relaciones que han ido formando una compleja tela de araña entre los personajes de la serie sobre los que vamos descubriendo, poco a poco, que estaban ligados por hechos sucedidos con anterioridad al accidente aéreo. Este desarrollo de la historia bastaría, por sí solo, para confirmar lo acertado, en mi opinión, del análisis Aportaciones teóricas en los relatos televisivos: El caso de Lost, escrito por Rafael Gómez Alonso, Profesor Titular de la Universidad Rey Juan Carlos, en el que escoge —entre otros— el texto Lo siniestro, de Sigmund Freud, para «demostrar la capacidad teórica que se sumerge en el interior de la construcción del relato audiovisual». En dicho trabajo Freud escribió: «También hallamos fácilmente este carácter en otra serie de hechos: sólo el factor de la repetición involuntaria es el que nos hace parecer siniestro lo que en otras circunstancias sería inocente, imponiéndonos así la idea de lo nefasto, de lo ineludible, donde en otro caso sólo habríamos hablado de “casualidad”. Así, por ejemplo, seguramente es una vivencia indiferente si en el guardarropas nos dan, al entregar nuestro sombrero, un número determinado —digamos, el 62— o si nos hallamos conque nuestro camarote del barco lleva ese número. Pero tal impresión cambia si ambos hechos, indiferentes en sí, se aproximan, al punto que el número 62 se encuentra varias veces en un mismo día, o si aún llega a suceder que cuanto lleva un número —direcciones, cuartos de hotel, coches de ferrocarril, etc.— presenta siempre la misma cifra, por lo menos como elemento parcial. Se considera esto “siniestro”, y quien no esté acorazado contra la superstición, será tentado a atribuir un sentido misterioso a este obstinado retorno del mismo número…». El hecho de que un alto número de pasajeros de un avión comercial cualquiera estén relacionados entre sí por variadas circunstancias, pero no se conozcan antes de una manera personal no es una «casualidad», de ahí la percepción del espectador que siente una trama «siniestra» detrás de la historia. Sin embargo, no ocurre lo mismo con la secuencia de números —afirmación ésta que no contradice lo que escribió el maestro Freud— que aparece en numerosos capítulos de la serie (4,8,15,16,23,42), tomados así de uno de uno, pero que producen el mismo efecto inquietante si se suman (108) ya que dan la cifra de minutos que hay como límite para introducir el código que mantendrá operativo el ordenador que hay en la estación El Cisne (que descubre Locke, bajo una esclusa metálica enterrada); dicho ordenador debe funcionar a la perfección pues sino se «acabaría el mundo». Además, estos números son los que hacen que Hugo Reyes gane el primer premio de la lotería.

Es evidente que sólo el espectador atento se entretendrá en sumar dichos números. Pero el ambiente siniestro (lo «extraño», siguiendo lo escrito por Freud en su trabajo), que tan logrado está en la serie, se ancla en otros numerosos momentos del argumento que Gómez Alonso enumera, de manera exhaustiva, en su ya referido estudio: así se dan cita, por ejemplo, «Lo espantoso: la percepción acústica o visual de la presencia de seres irreconocibles y criaturas abominables o ilógicas como un oso polar de carácter agresivo. En este caso, el no mostrar o mostrar menos de lo que los personajes ven ofrece mayor cualidad de suspense en el espectador»; «Lo lúgubre: como por ejemplo las cualidades que ofrecen diferentes agujeros (ámbitos a veces indescriptibles por la falta de luz), cuevas y diversos aposentos de vehículos encontrados, como una avioneta o una furgoneta en la que aparecen cadáveres en estado de descomposición» o, por no extenderme en demasía,  «La muerte: la aparición de muertos, espíritus y proyecciones que suceden en la isla…».

Lo siniestro, lo unheimlich, el término que cita Freud en su repetido estudio, envuelve toda la serie con oscuros presagios. La historia se desarrolla enmarcada por este concepto que analizó el maestro checo y que «… está próximo a los de lo espantable, angustiante, espeluznante, pero no es menos seguro que el término se aplica a menudo en una acepción un tanto indeterminada, de modo que casi siempre coincide con lo angustiante en general» y presta un especial relieve e interés a las sub-historias que mediante flashback (en los últimos capítulos emitidos se utilizan también flashforward) van relatando diversos momentos de la vida de los protagonistas que, como ya he comentado, se van relacionando entre sí en virtud de algo desconocido y que se engarzan a la perfección con el eje central de la trama: la isla.

Si los propios guionistas han dicho, al parecer, que Lost es deudora de la novela El señor de las moscas, de William Golding, no debería ser quien para ponerlo en duda. No obstante, el parecido con la citada novela no va más allá del accidente de avión en una isla deshabitada y perdida en el océano. Me parece que Golding se centró en su novela en los instintos de unos chicos que se encuentran solos en una isla y desprovistos del referente de una sociedad «civilizada» como marco educativo (y represor) comienzan a inventarse otra más acorde con su realidad del momento. Nada de esto se desarrolla en Perdidos, cuyos personajes son «adultos» y cuentan con las referencias éticas de una sociedad a la que aspiran a volver en cualquier momento, pues el rescate —aunque muy problemático— nunca lo dan por imposible. De hecho, el modelo organizativo que eligen para convivir en la isla se basa en la elección de un líder (un «presidente») que les dirija, «cargo» que le corresponde a Jack Shephard —un cirujano atormentado por un grave conflicto con su padre, cuyo cadáver ha ido a recoger a Australia— quien impone al grupo de supervivientes una disciplina de corte «piadoso» (aún a pesar de determinadas decisiones violentas, como la tortura que deciden que aplique Sayid a «Sawyer»), con connotaciones «éticas» que los demás aceptan sin excesivos problemas. El modelo de convivencia de estas personas en apuros bien podría haber ido por derroteros más violentos, pero los guionistas han dado prioridad al verdadero interés de la serie: las especiales cualidades de la isla, un lugar que ha curado las piernas paralíticas de Locke y que ha albergado los misteriosos experimentos de la Iniciativa Dharma, una nebulosa organización creada en 1970 por Gerald y Karen DeGroot, dos estudiantes de doctorado en la Universidad de Michigan, cuyas fuentes de financiación provienen de la Fundación Hanso, propiedad de Alvar Hanso un industrial danés dedicado a la fabricación de armas (una probable alusión a Alfred Nobel); el objetivo de la organización sería crear «un recinto de investigación a gran escala donde científicos y librepensadores de todo el mundo se dedicaran a la investigación en meteorología, psicología, parapsicología, zoología, electromagnetismo y utopía social». La Iniciativa es destruida por los otros mediante un ataque con gases venenosos, pero los edificios que construyó Dharma en la isla continúan funcionando (algunos de ellos todavía no se han mostrado en la serie). Los otros se apropian de algunas de estas construcciones y las utilizan en su beneficio.

No parece, visto lo que antecede, que las claves del desenlace de Lost (cuya última temporada  puede empezar a emitirse a comienzos de 2010) se puedan encontrar en la novela de Golding. Perdidos no parte de un debate sobre los instintos humanos que impulsan a formar un determinado orden social y la problemática que la fundación y desarrollo del mismo conlleva. No hubiera estado mal, pero no corren tiempos como para especular con este tema, mucho menos si pensamos en que los decorados han sido pagados por la ABC…  El camino de la serie conduce a otro desenlace que sea del interés del más alto número de espectadores y pueda alimentar (o retroalimentar) el mito fabricado durante estos últimos cinco años.

En mi opinión, la trama de la serie tiene que ver con la inmortalidad, un deseo largamente acariciado por los seres humanos, origen de las religiones e inspirador de innumerables obras de arte. Coincido con algunos que opinan que el guión de Lost está inspirado en la novela La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, obra clasificada como de ciencia ficción sobre la que Jorge Luis Borges dijo que no sería «una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta». Los que hayan leído esta singular novela encontrarán en la isla, las apariciones de personas y animales y los edificios repletos de aparatos innegables puntos de conexión con la historia escrita por el autor argentino. Así, la Iniciativa Dharma bien podría ser Morel, el científico barbudo cuya «piel es femenina, cerosa, marmórea en las sienes…», inventor del sistema de imágenes holográficas que capta también los sentimientos de las personas que «fotografía»; los habitantes de la isla son los invitados de Morel y la isla tiene unas peculiaridades especiales que permiten, entre otros efectos que aún desconoce el espectador, mantener en funcionamiento los edificios y búnkeres (en la novela de Bioy Casares, como ustedes recordarán, la isla tiene un régimen especial de mareas que genera la energía suficiente para que funcione la máquina construida por Morel). La epidemia sobre cuya existencia informa la francesa en el comienzo de la serie bien puede ser una réplica de la enfermedad que genera la máquina de Morel: «Pierdo la vista. El tacto se ha vuelto impracticable; se me cae la piel; las sensaciones son ambiguas, dolorosas; procuro evitarlas», escribe el fugitivo en su diario poco antes de fundir definitivamente las imágenes que de él ha grabado en compañía de las de su amada Faustine, imágenes que se repetirán durante toda la eternidad.

En uno de los capítulos de la IV Temporada de Perdidos se puede ver a James «Sawyer» Ford leyendo La invención de Morel: un timador al que le gusta la lectura, que bien podría ser el fugitivo que huye de la justicia venezolana en la novela del escritor argentino. ¿Será él quien genera las imágenes de la historia?: «Sawyer» bien podría ser el único superviviente del avión que se estrella en la isla donde Dharma construyó sus laboratorios y realizó sus experimentos. Pero, ¿quién puede ser la amada del timador? ¿Juliet Burke? ¿Es por ella por quien Ford ha imaginado tan compleja historia? Al final de la V Temporada Juliet muere, aparentemente. Digo que en apariencia pues en los capítulos de dicha temporada la isla ha dado varios saltos en el tiempo y en el espacio posibilitando que se produzcan paradojas que modifiquen el futuro…

El desenlace, esperado con ansiedad por los seguidores de Lost, está en la cabeza de los guionistas (si es que ya saben cuál va a ser) y existe una alta posibilidad de que la explicación de los misterios que ha visto el televidente (permítanme que use esta palabra ya en desuso: me gusta) sea algo sin «sentido», desprovisto de conexión con la trama emitida hasta el momento. En la novela de Bioy Casares, Morel explica de forma impecable las consecuencias de su creación: «Ha llegado el momento de anunciar: Esta isla, con sus edificios, es nuestro paraíso privado. He tomado algunas precauciones —físicas, morales— para su defensa: creo que la protegerán. Aquí estaremos eternamente —aunque mañana nos vayamos— repitiendo consecutivamente los momentos de la semana y sin poder salir nunca de la conciencia que tuvimos en cada uno de ellos, porque así nos tomaron los aparatos; esto nos permitirá sentirnos en una vida siempre nueva, porque no habrá otros recuerdos en cada momento de la proyección que los habidos en el correspondiente de la grabación, y porque el futuro, muchas veces dejado atrás, mantendrá siempre sus atributos». Si Perdidos consigue un final «redondo», que no «lógico», para tantas extrañas aventuras habrá aportado, sin duda, un relato visual que servirá para reflexionar sobre el misterio de la existencia humana y cómo percibimos el mundo (la vida), servirá para meditar sobre el concepto de tiempo lineal, sobre los universos paralelos, sobre el mundo como conciencia o sobre la conciencia que tenemos sobre el mundo. En palabras de Adolfo Vásquez, Doctor en Filosofía por la Universidad Católica de Valparaíso: «La isla de Morel es un espacio sagrado donde se ha construido la utopía de la eternidad. La eternidad que Morel sugiere ha encontrado su espacio y su proyección pero le faltaba la mirada. La mirada recrea la utopía y confirma su existencia en las palabras del manuscrito que la revela. Sin la narración, la isla sería una utopía sin memoria, un espacio mutilado, un espacio sin ritual, un espacio invisible. El narrador es el testigo de la creación, es el espectador ante quien se proyectan las imágenes». Pero escribir sobre la utopía no debe ser fácil en televisión y, por ello (o por la propia limitación del guionista), podemos asistir a un final de Perdidos en donde encontremos (por poner algunos ejemplos) meteoritos enterrados, alienígenas, sectas impresentables o un holocausto nuclear… Sería un flaco favor el que recibiera la necesaria aventura de imaginar otros espacios o una conclusión miserable para una historia que durante cuatro años ha propiciado un debate singular y la divulgación de ideas y obras que, en otro caso, circularían por los subterráneos de la ciudad de la «cultura oficial».

Yo apuesto —mi padre me dijo que porfiara, pero que nunca apostara— porque los guionistas de Lost van a dar la talla. Me la juego a que el misterioso Carlos Castaneda (uno de sus libros aparece, de forma fugaz, en un capítulo de la serie), Bioy Casares y los otros autores que han imbuido la historia inspirarán un final de «altura» (intelectual).

Supongo que los friquis que siguen Perdidos (dudo ahora sobre si yo lo soy o no) y el resto de los televidentes, se alegrarán de que gane la apuesta…

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Artículo publicado originalmente en Revista Almiar (Margen Cero)
© 2009 – Derechos reservados

 

Whiskey in the jar

Phil Lynott (Thin Lizzy)
Allá por el ’73, es decir en el siglo pasado (suene esto último como suene…) una canción tradicional irlandesa titulada Whiskey in the jar llegó a los primeros puestos de las listas de ventas en el mundo de la mano de Thin Lizzy, un grupo de rock fundado unos cuatro años antes en la ciudad de Dublín, por Phil Lynott, Eric Bell y Brian Downey.

Lynott, el cantante y bajista de la banda es el más conocido de todos los integrantes de Thin Lizzy. Nació en 1949 y era hijo de una irlandesa llamada Philomena (de quien tomó el apellido) y de un brasileño que se dio una vuelta por Europa, dejó embarazada a la mujer y luego se volvió a su país. Admirador de Jimi Hendrix, su imagen recordaba mucho a la del guitarrista americano y, como él, murió de una sobredosis. En 1980, seis años antes de su muerte, se casó y tuvo dos hijas. Lynott escribió numerosas canciones y tuvo también una trayectoria musical en solitario que le permitió colaborar con Mark Knopfler o Gary Moore y escribir, por ejemplo, la canción Old Town que luego hizo famosa el grupo The Corrs. En España, Los Suaves le dedicaron una canción en 1987 (¿Sabes? ¡Phil Lynott murió!):

«En un día de noche negra
tocó su canción del adiós.
El libro del tiempo se cierra.
¿Sabes? ¡Phil Lynott murió!»

A finales de los ’70, solíamos escuchar en el Rowland —uno de los pub insignia de la buena música en Madrid— la canción de Thin Lizzy. Como los recuerdos, los buenos se entiende, nunca se cansan, años después se me ocurrió leer a fondo la traducción de la letra: no soy distinto a los demás, he tarareado cientos de canciones sin saber lo que decían… La lectura del romance de Molly con el protagonista de la historia tuvo la virtud de retrotraerme a la espléndida música de aquel pub (y a los no menos estupendos gin tonic que preparaban allí) y se me ocurrió escribir algo…

Así, me puse a la tarea y salió un relato que titulé Il cavaliere, pero el título no viene a colación en este momento. Lynott, el güisqui en la jarra y la letra de la canción inspiraron unos párrafos en el texto que me huelen a noches de amigos y de música que volaba entre el humo de los cigarrillos:

«… Le cuento a Romina la historia que relata Whiskey in the jar, cómo aquel hombre de la canción se encuentra con el Capitán Farrell cuando andaba por las montañas de Cork y Kerry. Al ver al Capitán contando su dinero sacó primero la pistola y luego el estoque y le dijo: “Si ofreces resistencia, el diablo te llevará”; luego le robó todo el dinero y se fue a casa, con Molly, en donde el Capitán le encontrará al amanecer. whiskey en la jarra y la pelirroja que ríe, sensual. Voy acercándome al oído de Romina. Le cuento la traición de la mujer cuando le humedece la pólvora y el Capitán Farrell prende al hombre, al amanecer, y le encadenan pues a algunos les gusta pescar, a otros la caza, a algunos más oír el estruendo de los cañones, pero a él sólo le gusta dormir con Molly quien le engaña a pesar de haberle jurado que le amaba y que nunca lo dejaría. Después del tercer solo de guitarra, le susurro cómo él se arrepiente de haber ido a la alcoba de Molly y, encadenado a una bola de hierro, recuerda a la mujer y la manda al diablo. El pelo de Romina me acaricia los labios y siento la suavidad de la piel de su cuello…».

Me extiendo en los detalles de cómo podría haber sido la llegada de él a casa, borracho y cansado, para acostarse con Molly. Le describo a Romina los cabellos bermejos de la irlandesa, el dinero sobre la mesa, el brillo del cañón de la pistola junto a las monedas, el

Releo ahora mi humilde relato y recuerdo que a Phil Lynott le erigieron una estatua de bronce (a tamaño real) en Dublín, en el año 2005. Pocos cantantes y músicos de rock han tenido este honor. Él, se lo merece.

 

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Relato de Pedro M. Martínez publicado en Calidoscopio panfletoculturheterogéneo (Panfleto de febrero 2008).
Artículo publicado originalmente en la Red Social de la Revista Almiar (Margen Cero)
© 2009 – Derechos reservados

 

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