Relatos

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Fotografía: Diego Martínez Carulla

Dos relatos de Nunca llueve sobre el Sáhara

 

Hilo de oro

          Tengo que reconocer que cuando me dijeron que la casona de Escandona se había quemado experimenté un vergonzante sentimiento de alivio. Mi tío Ramón me llamó aquella fría tarde de finales de invierno a la universidad para darme la noticia: Escandona y todos sus preciosos tesoros se habían evaporado entre el humo. Siempre tan ahorrativo con el teléfono mi tío me dio escasos detalles del siniestro, así que tuve que hacer algunas llamadas a Oviedo y Unquera para conocer con más precisión las circunstancias que habían rodeado al incendio, un desastre que encubriría para siempre el denigrante robo que cometí en la vieja casa solariega ya que la biblioteca había desaparecido por completo entre las llamas.
          Mi tío nunca me habría perdonado el hurto, sobre todo después del esfuerzo que le había costado convencer a la señora Elisa, la anciana que vivía en Escandona junto con su hermana, para que pudiera consultar los viejos libros de la biblioteca familiar, un tesoro escondido entre aquellos centenarios muros y que, al parecer, no había recibido visita alguna desde que Espronceda escribió unas cartas allí durante un breve descanso cuando iba camino de Oviedo.
          El viejo y querido Ramón no tendría que avergonzarse por mi falta: ahora era yo el único que sabría que el diario de tapas de cuero crudo no se había quemado con el resto de aquellos inapreciables libros y manuscritos, y en los días siguientes al suceso consolé mis remordimientos…
 

Todos eran iguales, menos uno

          Nos gustaban los pueblos abandonados. Bien por razones opuestas o por parejos sentimientos, todos ansiábamos que llegara el sábado para desaparecer en alguna ladería silenciosa. Recorrer aquellas casas solitarias formaba parte de nuestra idiosincrasia, supongo que eran la representación del deseo de vivir de otra manera, aunque no supiéramos de cuál.
-No sólo es el asesinato del paisaje -dijiste en una ocasión, mirando un inútil lavadero ausente de comadres-, es el símbolo del fin de esta sociedad.
-El último símbolo que ha habido y habrá fue la muerte de Jesucristo.
-No seas cínico -respondiste. Y qué podía decirte yo, tener un carné del Partido en el bolsillo nunca ha garantizado la pureza ideológica de nadie, tampoco la mía.

Cuando llovía, dormíamos en la casa más limpia que encontráramos, después de recorrer calles que jamás tuvieron adoquines. En las casas veíamos somieres espinosos, sillas destripadas, botellas llorando cera, calendarios de vírgenes tristes…

Serracin

Fotografía: Pedro M. Martínez

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Dos relatos de «Nunca llueve sobre el Sáhara»

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Profecía

LOS ÚNICOS QUE PUEDEN JACTARSE de predecir el futuro son los médicos. Entre los adivinadores de pega, la pitonisa, por ejemplo, marea las cartas o impone las manos a la bola de cristal para ver cómo va estar de salud, dinero y amor -por este orden- el pringado a quien va a embaucar en breve. «Usted va a vivir muchos años, gozará de una larga vida sin achaques ni enfermedades graves», le dice al primo que está sentado ante una mesa camilla redonda como la bola de cristal que luce entre ambos, o, si es otra la onda, frente a los arcanos que se despliegan sobre el terciopelo oscuro que cubre la mesa: El Mago, La Torre, El Ahorcado, irán saliendo despacio del mazo de naipes… Antes, adivinar el futuro era cuestión de buscar signos entre cosas revueltas como las tripas de un animal, las runas esparcidas sobre una manta, los oscuros restos del té en el fondo de una taza o los millones de estrellas que hay en el universo.

Dice Turco que todo esto son gilipolleces, cosas del ayer, pero él también se acojonaría si le pronosticaran la muerte en breve. ¿Acaso el ordenador del médico no se puede comparar con la bola de cristal?, ¿las hojas de papel, que pasan despacio ante la geta del matasanos, no se parecen a un tarot en el que La Muerte es una etiqueta blanca con códigos de barras?, está claro que sí, le digo a Turco, pero sólo se asemejan, porque ellos, los médicos, aciertan siempre: introducen en el aparato los datos de los papeles y, con gesto serio —ellos no tienen por qué hacerse los graciosos con el cliente—, dictan la profecía.
—Me joden los profetas —sentencia Turco.
—Sí, jeringa que te digan que algo va a pasar y que eso ocurra… —he ido a buscarle al bar de la Carrera 12, a la hora que me dijo Lía. En esta ocasión no se trata de un negocio cualquiera.
—¿Y ésta es la milonga que te trajo desde Buenos Aires? No me hagas perder el tiempo, gallego…
Bien. No hay que hacerle perder el tiempo.
Él tiene razón, la historia no le interesa. Tampoco tiene por qué saber que hace unos meses me diagnosticaron una grave enfermedad desconocida:
—¿Ha estado usted en Burundi hace poco…? —el tipo de la bata blanca me miró con sus ojos acristalados y se atusó la melena.
—¿Dónde dice…?, ¿por qué iba yo a ir a ese lugar?
—Ahora la gente va por todas partes —miró el ordenador que me acababa de sentenciar a muerte-. En ese país africano es donde se supone que se originó la enfermedad. Es muy rara y por eso no se habla de ella, pero existe y los síntomas ya se van conociendo bien: por desgracia usted fallecerá en un año, más  o menos. No hay tratamiento que pueda impedirlo, nadie lo ha estudiado todavía… Y, perdóneme que ahora le haga una serie de preguntas: ¿Se ha relacionado con alguien que sea de Burundi, o haya estado allí…?
La verdad es que estuve a punto de dar una hostia a aquel médico en estos momentos de la conversación. Alguien tenía que pagar el marrón que me acababa de comer, pero ¿de qué me hubiera servido? Después de los primeros momentos de irritación que sentí ante las preguntas fui hundiéndome poco a poco; me contó los síntomas que aparecerían llegado el momento y cómo moriría pocos días después. El tipo sabía mi porvenir.
Bebo un trago de ron y miro al Turco:
—No, hablaba de cosas mías. He venido porque tengo un encargo que hacerte. Lía me ha dicho que tú eres el indicado.
—¡Ah!, qué rebuena la negra… Abrevia, gallego…
—Quiero que peles a un tío —me observa, quizá con sorpresa, resulta imposible adivinar lo que piensa-. En Barcelona, para más señas.
Después de recibir la noticia de que iba a palmarla me recluí durante un tiempo, supongo que es lo normal. Sin embargo, con el paso de los días el runrún de la muerte certificada que me tenía obsesionado se fue alejando, como si hubiera quedado encerrado en un trastero de mi cabeza y sólo golpeara de vez en cuando, intentando salir.
Luego me di cuenta de que si todo se iba a acabar, todo estaba permitido. La maldad es compañera de la desesperación. Sin futuro, rehice el presente con todo lo que no me había atrevido a hacer hasta ese momento, como si hubiera vuelto a nacer y estuviera aprendiendo a caminar de nuevo, ¿qué importaba ya lo que pudiera pasarme?
Niebla en los bolsillos. Tormenta en las manos. Entonces conocí a Lía. Con ella estuve en algún callejón, en varias esquinas, entre las sombras, contra todo, ante la nada.
Turco, tomemos otro ron.
—El tipo que te digo tiene melena castaña, usa gafas y viste siempre de negro. Los quince de cada mes va a un cabaret cerca de Las Ramblas -le doy unas fotos-, es fácil reconocerle…
Tampoco le voy a contar que una tarde leí en Internet: «Enfermedades raras o huérfanas. Anemia de Fanconi. Irideremia. Síndrome de Burundi…». Ante la pantalla pensé que no merecía la pena molestarse, había consultado ya a muchos médicos, pero cogí el avión y fui a visitar aquella clínica en Nueva York:
—Enhorabuena. Usted no tiene el Síndrome —me dijo el médico, un paquistaní con barba blanca, después de bucear en un pilo de hojas—. En su momento, usted se puso la vacuna contra la Gripe A y el fármaco le dañó la enzima que regula el EDL, eso produjo la confusión en el diagnóstico, comprensible por otra parte, pues… Etcétera. No recuerdo nada más de lo que dijo. El vaticinio asesinado, Turco; suenan unas sirenas en la cercana Diagonal 7, la policía nunca encontrará al fiambre.
Comprendí, poco después, que la noticia de que no padecía la enfermedad era más aterradora que saber que moriría a ciencia cierta, ¿sabes, Turco? No sabría seguir sin mi muerte anunciada porque tendría que buscar coartadas para mi nueva vida, que ahora me parece aterradora, y volver atrás me resulta imposible. Ya no podría vivir justificando el futuro, es como querer a una mujer con la idea de que algún día envejeceréis juntos. Rutina, puta rutina.
Lía, ¿querrías compartir toda la vida conmigo? Yo contigo, no.
Turco se levanta y deja que pague la cuenta…

En la habitación del hotel me miro al espejo y compruebo que la peluca castaña esté en su sitio. Me pongo unas gafas. El traje negro me sienta bien. Es curioso: el ruido sordo en el trastero de mi cerebro ha desaparecido. Turco ya estará cerca de Las Ramblas. No habrá ningún problema, es un profesional. Cierro la puerta y me dirijo hacia el ascensor. Malditos sean los profetas.

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© Pedro M. Martínez (2009)
Publicado originalmente en el blog Cuentalia

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 Subterráneos

 

                ESTOY SENTADO EN EL PUF que trajo Alberto desde Marruecos. Él siempre cuenta que por el asiento de cuero, labrado con la geometría de los arcos del Palacio Imperial de Meknés, dio a cambio unas viejas Ray-Ban con los cristales rayados; la piel sigue oliendo a vaca que me imagino vagabundeando por una pradera tapizada de bolsas de plástico, indiferente a los camiones que transportan cuscús y pimienta blanca hacia los mercados del Tafilalet, cerca del desierto en donde se escucha la radio rebelde del Polisario que emite desde algún lugar al oeste de Merzouga. Lo más probable es que el animal intente cruzar la carretera, buscando algo mejor que pacer; uno de los camiones (o quizá un autobús de línea con ventanillas cegadas por el polvo) chocará contra la res, y los muertos nunca sabrán el valor intrínseco de unas briznas de hierba, sólo esperarán durante horas sobre el asfalto teñido de sangre a que llegue un juez y permita que los levanten. Un campesino llora la pérdida de su única vaca, arrodillado ante el cuerpo exangüe del animal, y una mujer le increpa, sujetada por dos hombres, cerca de un cadáver arropado con una manta.

                El piano no es un instrumento apropiado para el blues, me dice Alberto, su escala de notas tiene demasiada pureza para tocar el género, aunque los primeros pianistas de las barrelhouse se las ingeniaron para sacar del instrumento los sonidos más desgarrados. Las barrelhouse, continúa él, eran cabañas pringosas con suelo de tierra y mostradores de madera sujetos por toneles, en donde los negros de Mississippi o Lousiana bebían el licor que les vendía a buen precio la propia empresa que les explotaba. Alberto pone un disco de Champion Jack Dupree, del que sólo me gusta Drunk again: —What you say woman? Yeees, I’ve been drinking! And I am… drunk again. And open the door and let me in! No hace falta que Alberto me lo traduzca para saber que esta noche está afilada por la soledad y archivaremos otro sábado más entre la pasta negra de los vinilos.            

El puf en el que Alberto consiguió pasar quinientos gramos comprados cerca de Asilah es algo incómodo para la espalda, pero nada duele demasiado después de beber algunos güisquis en las rocas. Me figuro el todo terreno de Alberto parado en un cruce de carreteras; él lleva puestas las Ray-Ban y tamborilea con los dedos sobre el volante. Las jícaras que sujetan los cables telefónicos a las perchas de los postes de madera brillan amarillas, como los cubitos de hielo que agonizan en el Passport, pespuntean la cuneta del asfalto espejado por las últimas luces del atardecer. En las colinas desoladas los oscuros arbustos parecen costras sobre la tierra parda que precede a una lejana cordillera; de uno de los cerros, próximo al cruce, surgen varios hombres que se acercan al vehículo. Brilla el papel de aluminio que envuelve la postura que recoge Alberto. Desde el casete del coche alguien sueña que está satisfecho y que nada le preocupa [1].            

Durante un tiempo, el redondo asiento moruno olió también al ajo y a la cebolla que utilizó Alberto para disfrazar el olor del paquete, aunque tuvo suerte pues aquel día no le soltaron los perros en la aduana del puerto de Algeciras. Él dice que nunca volverá a repetir la experiencia, pero que alguna vez había que jugársela, como siempre se la jugó Bessie, la emperatriz de la ginebra, hasta que su coche se empotró contra la parte trasera de un camión, una madrugada de septiembre de 1937; limpia con una gamuza de terciopelo la pasta del 78 r.p.m. —por el que seguro daría la vida— y las soledades de un piano y una voz de contralto se funden en el aire de la habitación. Me deprime esta enésima repetición de Downhearted Blues [2] y le digo:            

—Oye, ¿por qué no ponemos otra cosa…? —Alberto me mira y frunce las cejas con un gesto de mínimo fastidio.

—¿Algo de jazz? —es una pregunta que quiere sonar a ruego, pues sabe que mi ración de música negra se ha terminado por esta noche.            

Sé lo que va a poner en el tocadiscos. Sólo tiene un elepé que se sale del género que a él le obsesiona. Cuando hemos escuchado The Sounds Of Silence [3], dice:            

—Se les nota que nunca han tenido que vagar por la carretera buscando curro. Universitarios blancos haciendo música blanca… Una mierda, diría yo; no quiero joder ¿eh? —me mira—. Nunca tendrán filin porque para tenerlo hay que sudárselo no aprenderlo de los libros. Mucho titirirititi melifluo y poco más… Ni siquiera los jipis se lo saben hacer. ¿Te acuerdas de Fiona, la que estuvo unos días aquí?, ¿qué coño es eso de la memoria posicional…? Si lo de olvidar la realidad, y fundirse con todo y ser uno con el universo diera resultado se habría visto ya hace muchos siglos. Como dijo no sé quién [4], la única forma de vivir es bajar a los infiernos, coger a puñados la mierda del mundo, porque el mundo es una montaña de mierda y para moverlo hay que pringarse del todo.             

Es bella la estampa de Alberto escuchando a los universitarios blancos de mierda. El humo del cigarrillo le rodea la melena rizada semejando agua turbulenta, pero él no está deprimido ni se siente perdido ni extraño [5] aunque la noche se nos haya caído encima sin piedad.            

Fiona me habló aquella tarde que esperábamos a Alberto, en ésta misma habitación, de cómo ya le quedaban muy pocos recuerdos, de cómo había olvidado su casa, el colegio, la biblioteca de la universidad, la primera vez que hizo el amor… todo, menos a su padre que la escribía a lista de correo. Ella le contestaba siempre  y  cuando no le mandara un cheque junto con la carta, quería la objetividad total y sólo se es objetivo —dijo— cuando el mundo racional está definido por cosas concretas:            

—Nada más necesito saber dónde he dejado los zapatos o el peine…  el resto de mí está en el universo —concluyó, sentada sobre el puf redondo de cuero marrón; vestía una minifalda y abrazaba sus rodillas muy juntas, la melena ondulada de pelo castaño le prestaba una imagen que me recordó a Janis Joplin; una botella vacía de Coca Cola estaba tirada en la alfombra, junto a sus pies desnudos.            

Recuerdo que cuando me acerqué para besarla sus ojos me parecieron una hoguera sin fuego… De rodillas los dos, frente a frente, no conseguimos decirnos nada. Luego ella se dejó quitar la camisa y la falda y resbaló hacia atrás sobre el cuero, abriendo las piernas. Mientras gemía le miré los pechos erguidos, la boca entreabierta, los ojos cerrados; me pareció tan lejana… como detrás de una frontera cuya puerta estuviera delimitada por sus brazos tendidos sobre la alfombra. Luego de cuando se vierten los sueños queda la melancolía de no poder apresarlos para siempre y la rabia de que estemos hechos de instantes. Cuando llegó el silencio, ella abrió los ojos y me miró desde una tierra de la que nunca encontraré el mapa. Le manchamos el puf a Alberto, pero no pude limpiar las quimeras en el cuero labrado…

Fiona se marchó una mañana, olvidando en el armario un par de calcetines blancos, una minifalda y cuatro cartas de su padre que la seguirá buscando por el mundo.

            —Y encima, tanto que hablan de libertad sexual, de superar las represiones de la familia patriarcal… son iguales que los demás, tienen los mismos miedos. De revolución, nada —ultima Alberto.            

Termina I Am A Rock  y estiro las piernas para levantarme: no hay nada más que rascar por hoy. Imagino a mi amigo Alberto tomando thé à la menthe en el único bar de Larache en que se pueden ver mujeres moras, antes de salir camino de Tánger donde comprará ajos y cebollas en el zoco. Veo un ferri que cruza el Estrecho cargado de contrabando, pero sin la bandera negra del inglés que ahora vende por lo legal tabaco y alcohol en Gibraltar y guarda las tibias y la calavera en una caja fuerte con relojes canadienses de seguridad. A las afueras de Bailén, Alberto celebra su triunfo y yo espero en algún bar de Moratalaz a que llegue un puf sobre el que una tarde resumiré mis fantasías.

NOTAS: [1] Alusión a la canción Just A Dream (‘Sólo un sueño’), de Big Bill Broonzy (1939). [2] Downhearted Blues (‘Blues desanimado’), de Bessie Smith (1923). [3] Sounds Of Silence, de Paul Simon y Art Garfunkel (1966) [4] Se refiere a un poema de Allen Ginsberg, leído por su autor en la Universidad de Columbia, en 1959. [5] (…) When you’re down and out/ When you’re on the street/ When evening falls so hard… (De la canción Bridge over troubled waters (‘Puente sobre aguas turbulentas’), de Paul Simon y Art Garfunkel (1970)

© Pedro M. Martínez (2008) http://www.martinezcorada.es/ (Fotografía del autor)
Publicado originalmente en la Revista Almiar (Margen Cero™; nº 58 (Ver enlace original)

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Quince marcos de plata *

 

Olegario Blanco, «El Madreñero», era un tipo feliz. Si alguien le hubiese preguntado el porqué, Olegario no habría sabido qué contestar pues de la felicidad sólo se es consciente si se pierde y la vida de Olegario siempre había sido apacible, ajena a los desasosiegos, odios, envidias y otros sentimientos oscuros que aquejan por lo común a los humanos. Ni siquiera la reciente y dolorosa muerte de su madre —su padre había desaparecido en la guerra civil cuando él era un niño— había cambiado el estado de gracia interior en que vivía. Ahora que se había quedado solo en la vieja casona de la aldea los vecinos seguían viendo, unos con estupor, otros con envidia, algunos con incredulidad, cómo continuaba saliendo por las mañanas hacia su taller con el mismo gesto de bonanza en los labios, bien peinado, la ropa de trabajo arreglada y limpia y el paso firme.

La muerte de la madre suele cambiar la vida de las personas, aunque, en algunos casos, sólo sea para beber durante más tiempo en el chigre, pero El Madreñero parecía estar hecho de una materia especial, quizá beatífica, y después del entierro de la única persona que le quedaba en el mundo siguió comportándose como si no hubiera pasado nada; los convecinos más envidiosos pensaban de él que era un simple, pero no, Olegario había nacido feliz, vivía feliz y, de seguir todo igual, moriría en paz y sin dolor como murieron, por ejemplo, los santos que freían en aceite los romanos.

Sin embargo, la felicidad de Olegario —como todas las felicidades— se encontraba a expensas del albur aunque él mantuviera de forma rigurosa su quehacer de fabricar madreñas todos los días que aparecían impresos en negro en el calendario y la costumbre de tomar un tinto en el chigre al caer la tarde, sólo uno, para después volver a la casona ahora silenciosa ya que al Madreñero nunca le había gustado escuchar la radio que tan a menudo ponía su progenitora. La casualidad, o el destino como algunos la llaman, se le apareció a las once y once minutos de una mañana lluviosa de domingo mientras compraba fabes en la tienda Socoa (la que está a la entrada del pueblo de Posada), llegando montada sobre una bicicleta con la pintura descascarillada y faro sin bombilla y tenía el pelo muy negro, ojos brillantes, amplias caderas y el desparpajo de quien ha pasado por variadas cosas en la vida. Olegario creyó que su madre había resucitado de tan parecida que era la mujer que acaba de entrar y venciendo su natural timidez, corregida en parte por algunas experiencias en el club Paraíso, de Oviedo, habló con ella y ella consintió después en que la convidara en el café de la plaza, en el mismo bar donde solía ir con su madre cuando bajaban a Posada. Se llamaba Catarina y había llegado hacía cinco años desde Portugal, hecho que debería haberle preocupado pues es bien conocido el fuerte carácter que tienen las mujeres de ese país, pero a Olegario no le importó: ¡era tan igual a su madre!, pensó mientras la observaba…

Catarina se marchó tres cuartos de hora después, pero El Madreñero ya sabía dónde vivía. La fue a buscar aquella misma tarde viendo que habitaba en una casina de tres al cuarto, sin agua corriente ni luz, al final de La Portilla, cerca del río en donde seguramente lavaría la ropa la familia de la portuguesa quienes se mostraron muy interesados con su llegada. El padre de Catarina, un hombre bajito que llevaba sombrero de ala ancha y las manos plagadas de baratijas, trabajaba de chatarrero y le convidó a un vaso de vino; la madre, gorda, un poco más alta que el marido llevaba un delantal de tela raída estampado con flores que fueron rojas alguna vez y tenía una mano pringosa que Olegario estrechó, sonriendo. Catarina permanecía detrás de su padre, de pie, mirando hacia el suelo de piedra desgastada. Pocos habrían resistido aquel ambiente sin despedirse para no volver, pero Olegario aguantó; se sentía alegre y también ansioso, distinto por haber encontrado a Catarina y la miró a través del humo de los cigarrillos que fumaba furiosamente el chatarrero: más que parecerse a su madre, era su madre, pensó extasiado y confuso por el hallazgo. Una hora más tarde, estaban merendando en la Sidrería Matute, en la ribera del muelle de Llanes, mientras veían orvallar a través de los cristales medio empañados.

Catarina y Olegario se casaron en la iglesia de Pendueles una soleada mañana de finales de primavera. Ella iba de blanco y él lucía un terno color azul marino comprado en Gijón, en la Calle Corrida. La familia de Catarina ocupó cuatro bancos enteros de la fila de la derecha y llenó de rumores lusitánicos el templo, sobre todo cuando la novia contestó con un nítido «sí» a la pregunta de D. Ramón, el cura que había bautizado a Olegario y que también ofició los funerales por la madre de éste. La voz de D. Ramón tembló ligeramente al declararles marido y mujer ante el enorme parecido de la novia con su feligresa de toda la vida: el sacerdote no estaba preparado para una casualidad de aquella envergadura y se sintió algo intranquilo en la posterior bendición; si Dios había mandado dos mujeres casi iguales al mundo, pensó aturullado, no era él el más indicado para corregir sus designios, pero nada bueno podía salir de que un hombre quisiera ser marido del sosias de quien le había parido. Cuando los novios salían de la iglesia el cura vio que eran las once y once minutos; la coincidencia le habría inquietado todavía más pues D. Ramón creía que el demonio era también capaz de realizar milagros.

Olegario y Catarina se quedaron sin viaje de novios, pues los pocos ahorros de que disponía El Madreñero se gastaron en la boda y en reformar la casa del chatarrero; una noche en el hotel Ribadesella, y al cabo de dos días, como si nada, Olegario volvió a trabajar la madera en su pequeño taller. La vida siguió su curso en el pueblo y las miradas maliciosas de los vecinos no descubrieron cambio alguno en el plácido gesto de Olegario, quien continuó tomando su escueto vino en el chigre antes de regresar a la casona ahora resucitada de nuevo al ruido y al ajetreo.

Pasaron los días y los meses. Una oscura tarde de invierno que presagiaba nieve estaba Olegario en la taberna a solas con el chigrero, cuando pidió un segundo vaso de vino. Santines se lo sirvió sin poder reprimir una pregunta:

—¿Marchó la mujer a ver a los padres?

—Marchó para siempre, Santines… —respondió Olegario, quien por primera vez en su vida tenía el rostro descompuesto—, para siempre, y ahora estará en Portugal o quizá más lejos….

Dicho esto, terminó el segundo vino, despacio, mirando los cuernos de vaca que estaban colgados en lugar destacado de la pared del chigre y con un gesto se despidió de la única persona que pudo escuchar una confidencia de la boca de El Madreñero.

Después de este incidente, Olegario estuvo cuatro días sin ver el cielo y los vecinos se hacían cábalas sobre si le habría pasado algo, hasta que Pauli, la mujer de Herminio, el albañil, se acercó la cuarta tarde de reclusión a la casona y consiguió escuchar un par de gruñidos del Madreñero desde el corredor; la voz le sonó rara, como si estuviera ronco o quizás llorando, pero todos quedaron más tranquilos en el pueblo. Catarina no volvía y la cosa quedó clara: desavenencias conyugales; un drama en el joven matrimonio sobre el que se habló durante los siguientes días, en los que el protagonista esencial fue Santines, el privilegiado conocedor de las penas de Olegario. Contó a todos la «larga conversación», eso dijo, que había mantenido con él aquella noche, el vino que había bebido de más y las maldiciones que había escupido en contra de Portugal en general y del maldito carácter de las portuguesas, en particular, todo ello mientras la cara de El Madreñero cambiaba y comenzaba a caer copiosamente la nieve. La historia dio de sí: los envidiosos bebían, exaltados por su triunfo; los guajes comían pipas sin parar, con los ojos redondos como monedas de dos cincuenta mientras escuchaban los secretos de aquella tarde nevosa que tan bien contaba Santines, y los incrédulos sobre la felicidad en este mundo aprovecharon para emborracharse y cantar canciones sobre Mieres y el Puertu Tarla.

También las mujeres hablaron del caso durante varios días, al tiempo que sayaban en los prados, lavaban la ropa o abrevaban al ganado antes de ir a mecer al establo, criticando a los hombres y a Olegario en especial ya que no era la persona tan bondadosa que habían pensado, y, seguramente, habría despreciado a la portuguesa que era, por encima de su nacionalidad o cualquier otra cosa, una mujer; los hombres, se decían unas a otras, nunca las entenderían y así pagaban cuando se cansaban de ellas pues Catarina, la probe, sería de otro país, pero queja de ella ninguna que se supiera.

Al quinto día, Olegario salió por la mañana hacia el taller con el gesto adusto, la ropa arrugada, y según Josefina, la madre de Falín, el del molino, que pudo hablar con él un par de palabras, con unas enormes ojeras. Antes de la hora de comer, poco después de que comenzara a llover con rabia, regresó a su casa y oyeron como ponía la radio de su madre a todo volumen, un hecho que a nadie ya le extrañó.

Dicen que cuando una persona feliz deja de serlo, algunos delfines enloquecen, pierden su rumbo y chocan contra los castros o embarrancan en las playas, muriendo sin remisión. Olegario no había visto en su vida un delfín encallado en la arena, pero la casona se había convertido en un infierno para él desde que los objetos comenzaron a cambiar de lugar o romperse inexplicablemente, unos meses después de la boda.

Un día fueron las zapatillas, otro su vaso preferido, al siguiente las herramientas de trabajo. Sufrió al principio, en silencio, el incomprensible desbarajuste hasta que no pudo aguantar más y comenzó a recriminar a Catarina su labor en la casa. Ella, sin embargo, negaba que hubiera tocado aquellas cosas y llegó a decirle un día que parecía querer volverla loca con estas manías y que parecía mentira que la hablara así, que estaban recién casados. ¡Recién casados!… ¡Claro que estaban recién casados!, pensó Olegario indignado, y por eso mismo no podía consentir que su mujer mantuviera aquel extraño hábito de cambiar las cosas de sitio.

El Madreñero la quería desde el día que la vio en la tienda Socoa. Tanto la amaba que había consentido en guardar, en el aparador de la sala grande, diez de los quince retratos que tenía de su madre ya que ella dijo que la ponían nerviosa tantas fotografías. Y aquellas cinco fotos que todavía veían la luz fueron, precisamente, la espoleta que detonó la tragedia, el terremoto que hundió los pilares de su vida, pues aparecieron todas en el payar, de cualquier manera, entre la madera que guardaba para el trabajo y una de ellas tenía roto el cristal cuyas aristas habían arañado la imagen del rostro de su madre. La ira le abrasó aquel domingo por la mañana, cuando contempló la imagen por los suelos y la discusión que tuvo después con Catarina fue amarga, hasta el punto de que ella comenzó a llorar a pesar de ser una mujer fuerte que había vivido muchas penas. Olegario, furioso, se marchó dando un portazo y fue al taller donde decidió vigilar a su mujer para descubrir qué es lo que estaba pasando.

Al día siguiente, Olegario puso en marcha el plan que había ideado: dejó el trabajo a media mañana y se dirigió hacia el caserón, en donde entró sigilosamente. Todo estaba tranquilo, pero oyó unas voces en el trastero y el corazón le dio un respingo al reconocer la voz de su mujer que hablaba con alguien a quien no pudo reconocer en ese momento.

—Sujétamela más fuerte, más…, así, así Catarina… —Olegario oyó los jadeos de los dos dentro de la bodega.

Se quedó petrificado y las manos le comenzaron a temblar, pero consiguió reaccionar unos segundos después. Cuando abrió la puerta de la despensa allí estaban muy juntos los dos, Catarina y el desconocido, que era Genín, el carnicero, ambos al lado del cerdo que le había encargado al segundo hacía un par de meses y que aparecía colgado en el techo: el carnicero, estaba todo descamisado, tenía los pantalones medio caídos y su mujer tenía la cara arrebatada.

Olegario no lo dudó, después de que Genín se fuera —jurando todavía que se confundía, que no habían hecho otra cosa más que colgar el cerdo—, expulsó de casa a Catarina que ahora, sin embargo, no lloró y se mantuvo en silencio con un gesto orgulloso que le desesperó todavía más. Al quedarse solo, se le saltaron las lágrimas, hipó varias veces y aclaró el nudo que tenía en la garganta; después, sacó todos los retratos de su madre y los colocó con cuidado en el sitio que habían tenido en su cuarto desde siempre y, al fin, se sentó en la cama con una sensación de extremo agotamiento. Aquellos dos traidores eran los responsables de todo lo que había estado pasando y Olegario se dio cuenta de que aquel duro golpe, el primero que le rompía algo por dentro, cambiaba para siempre su vida.

Pasaron las horas y se encerró una noche clara, presentida de luna llena y constelaciones luminosas en el septentrión. Olegario se había quedado dormido; la oscuridad acariciaba los retratos enmarcados en plata fina con las imágenes de la madre muerta. Un par de horas después algo ocurrió en la casona pues la luz de la cocina se encendió y apagó tres veces seguidas y una respiración que recordaba a un pitido comenzó a oírse en la planta baja. Olegario se despertó. Los ruidos en la cocina fueron en aumento y después de unos instantes de confusión decidió bajar a ver qué pasaba, qué era lo que podía producir aquello que escuchaba por primera vez en su vida.

Descendió despacio por la escalera, soportando a duras penas el peso del cuerpo sobre las piernas temblorosas y se dirigió a la cocina sin fuerzas para ponerse de puntillas, cada vez más asustado. La luz estaba ahora apagada, pero pudo distinguir que encima del fogón había un montón de objetos y todos los cajones de los armarios estaban abiertos, algunos en el suelo, y entre ellos un horrendo ser como de medio metro de altura, piel verdosa, cara ovalada de mejillas bermejas y ojos de color azul brillante que despedían fulgores extraños, quien le miró con gesto provocativo y travieso. A Olegario le castañetearon los dientes ante la aparición del monstruo, vio cómo jugaba con las cosas de la cocina, pensó en Catarina, recordó cuando la llamó puta en voz baja, justo cuando se agachaba a recoger las maletas, y sintió un hierro al rojo vivo que le atravesaba el estómago. Entonces se desmayó.

Un delgado rayo de sol iluminaba el fogón de la cocina de la casona, cuando El Madreñero se despertó sobresaltado. Le dolían el hombro y la cabeza y sentía mucho frío. Miró en rededor, pero el monstruo había desaparecido y todo estaba de nuevo en su sitio, aparentemente, aunque Olegario sabía que no, que la mitad de las cosas estarían revueltas pues aquel ser se divertía cambiándolas de lugar. Pero el monstruo no se había mostrado hasta entonces… ¿Qué le había hecho aparecer?, pensó desesperado sin encontrar respuesta. Subió a su cuarto sabiendo que lo encontraría también distinto y vio como todos los retratos estaban boca abajo, esparcidos sobre la cama. Sollozó; aquello no podía ser real, era imposible que estuviera pasando y decidió buscar ayuda en D. Ramón, él sabría lo que hacer pues el engendro tenía que ser cosa del demonio. Se vistió deprisa, de cualquier manera, y salió escopetado hacia Pendueles.

Cinco horas después El Madreñero estaba de vuelta en el pueblo, acodado en el mostrador del chigre y pensando en la poca ayuda que había recibido del cura. D. Ramón no le había creído, estaba seguro, y aparte de obligarle a que se lavara, escuchara misa y se pusiera de inmediato a buscar a su mujer, poco más le había dicho. Rezar y confiar en Dios estaba bien, pero presentía que las oraciones no asustarían al monstruo de la cocina. Y Catarina… se habría ido a Portugal. Tenía que sacar fuerzas de donde fuera y regresar a la casa para vencer al monstruo, para conseguir que le dejara en paz. Hacía mucho frío y seguramente nevaría, el vino le comunicaba un agradable calorcillo y Santines, el chigrero, le miraba en silencio. Pidió otro vaso y decidió que esa noche intentaría acabar con el maldito ser.

Eran las once y once minutos de la mañana de un martes, cuando el señor juez mandó descolgar el cuerpo de Olegario Blanco de la viga de la bodega en donde se encontraba colgado, al lado de la canal de un cerdo que pesaría unos doscientos kilos. Durante dos días después, se rumoreó en el pueblo que la autoridad había encontrado una carta del suicida pero que a lo mejor nunca sabrían lo que decía pues, cuchicheaban en el chigre, los secretos del sumario se los guardan los jueces, que hacen lo que les viene en gana.

El sábado, el yeso de la tumba de El Madreñero todavía estaba húmedo y la lápida brillaba por la luz de la luna que acababa de aparecer en el cielo; el pueblo dormía. Una suave brisa agitaba las fragantes hojas de los eucaliptos haciendo que su reflejo chispeara en el agua del río que atravesaba el bosque, entre riberas pobladas de juncos. Todo estaba en orden, y todos estaban en la cama menos Santines que venía andando desde Purón con unas copas de más en el cuerpo. Cuando el chigrero llegó a la altura de la casona del pobre Olegario, se paró un momento a descansar y le sorprendió ver una débil luz en una de las ventanas de la planta baja de la misma, como si alguien hubiera encendido una vela. Decidió acercarse a ver qué pasaba cuando la luz creció de pronto tornándose de color azulado y saltaron los cristales de la ventana; el chigrero escuchó un silbido acompasado que se alejaba en el horizonte y vio cómo la luz flotaba en el cielo hasta desaparecer rápidamente dejando una fina estela detrás. El viento trajo después el sonido de una risa maliciosa que se desvaneció lentamente en el valle.

La carcajada resonó también entre los nichos del viejo cementerio, llegó hasta la tumba de Olegario cuyo yeso se secó al instante y la luna se ocultó detrás de una nube; la lápida del sepulcro de Olegario Blanco, El Madreñero, dejó de brillar poco a poco, hasta que se apagó del todo, tan oscura, tan cercana, tan idéntica a la de su madre, cuya imagen seguiría mirando durante mucho tiempo desde los quince retratos, esmeradamente enmarcados en plata fina, que ya nadie cambiaría de lugar.


* Este cuento está inspirado en el Trasgu, un mito de Asturias. El Trasgu, o diablu burlón, es un duende casero «pequeñucu, muy vivaz, de gesto picardioso, cojo, tiene un gorrito encarnado» y «normalmente se preocupa de trabajar colocando las cosas en su sitio, pero también hace travesuras en la casa, cambiando y rompiendo cacharros, revolviendo las arcas, escondiendo objetos…; saca las vacas del establo, alborota y grita». Hay quien lo llama Pisadiel de la mao furada, dado que tiene una mano agujereada. Precisamente esta mano es su punto flaco, pues para expulsarlo de la casa que ha ocupado se debe «extender linaza o mijo por el suelo; el Trasgu, escrupuloso de su función, intenta recoger los granos, pero se le escapan porque tiene la mano agujereada, y entonces, avergonzado, se va para no volver» (Del libro de Luciano Castañón, Supersticiones y creencias de Asturias; Ayalga Ediciones; Oviedo 1981). Fotografía del autor © 2011.

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