Entrevistas

Pedro Martinez

Foto: Pedro Martínez

 

 Entrevista a Pedro M. Martínez

por

Guillermo Ortiz López.

 

¿Cómo se siente uno publicando su primer libro a los 56 años?


Son varias las sensaciones… creo que la primordial es de bienestar por haber realizado una ilusión que siempre tuve y que fui postergando. En uno de los relatos de este mi primer libro un personaje piensa que «las cosas que se desean y no se consuman dejan un poso de amargura muy fuerte en el corazón» y algo de dicho convencimiento hay en el empeño que siempre he tenido en cumplir lo que quiero; sin aventura me sentiría incompleto y escribir es una de las más maravillosas aventuras que se pueden vivir. Nunca llueve sobre el Sáhara me llega como un reconocimiento íntimo y siento, también, que no importa el tiempo que he tardado en llegar hasta aquí, antes tenía que hacer otras cosas.
 

 ¿Qué opinión tienes de la autoedición? ¿Realmente sirve para hacerse un hueco en las librerías?

La autoedición tiene una gran importancia para la creación literaria y, sin embargo, sufre de mala prensa. Es común asimilar un libro financiado por su autor a un producto de baja calidad —supongo que en este prejuicio tienen algo que ver las grandes editoriales—, pero me parece que por cada superventas que se publica hay decenas de libros autoeditados que tienen mayor calidad al no ceñirse a criterios estrictos de mercado. Un libro autofinanciado se puede hacer un hueco en las librerías, pero el hueco estará muy al fondo de ellas pues ahora son tiendas y buscan vender por encima de todo… Los autores noveles se lo tienen que pelear, como hizo Benedetti, por ejemplo, que se pagó sus ocho primeros libros. A la vista de la situación editorial actual, creo que la autoedición abrirá las puertas a la literatura del futuro.

Tienes una querencia estética obvia por personajes solitarios y contracorriente, tanto en mundos fantásticos como desoladoramente reales, ¿tiene eso algo que ver con una especie de «estética del perdedor»?

Desde luego. Una de las cosas que hay que agradecer a la Edad Moderna es el descubrimiento de que la Historia la cambian los perdedores. El culto a la estética de la gloria, tan querido por algunos, me resulta zafio, banal. Para mí, el pulso de la existencia, si acaso existe, late en los personajes de frontera, en los que sufren o se enfrentan al mundo y abren los ojos para ver no para mirar. Y creo que hay que defender esta manera de ver las cosas, porque cada vez aparecen más señales de que regresan los Boinas Verdes de John Wayne y el viejo Houston de Dublineses puede pasar al olvido.

¿De dónde viene ese gusto por la literatura fantástica, las leyendas, los mitos…? 

De la ciencia ficción. Un género que descubrí de muy joven y que me sigue interesando mucho. Opino que esta literatura es la fábula moderna, es un medio muy actual para explorar las quimeras del ser humano. Obras como 2001, una odisea del espacio, de Clarke, que tan bien adaptó al cine Kubrick, o la trilogía de La Fundación, de Asimov, me impresionaron entonces.

Tus relatos tienen una gran virtud: huelen. Huelen a taberna y tasca. Un costumbrismo de hambrientos. ¿Concebirías Madrid sin ese olor a comida? 

Qué remedio queda… El Madrid actual está ya lejos de aquellos tiempos en donde la taberna y la tasca eran el centro de reunión de la gente. Ese olor del que hablas me impregnó durante las mañanas de domingo cuando íbamos a comer gallinejas o sardinas a la bombuplé. Me gusta que en una historia aparezca la comida, entiendo que define a un personaje o a una situación tan correctamente como otro detalle. Es tan distinto alguien que degusta unos boquerones en vinagre al que se apresura en terminar de comer una hamburguesa con Ketchup…
 
Hay en el libro varias situaciones de «triángulo amoroso», en las que, habitualmente, el chico protagonista no consigue a la chica. Si el chico consigue a la chica, ¿se acaba la literatura?
 
Siempre hay alguien que pierde en una relación amorosa. Quizá por lo que hablábamos antes sobre los perdedores tenga una cierta propensión a escribir desde la perspectiva del que no consigue a la chica. Es algo que me sale sin pensar… aunque creo que no existe a priori una situación concreta que adolezca de falta de posibilidades literarias. Es probable que sea también una cuestión de simpatía personal: me cae mejor Cyrano que Casanova.
 
Los primeros relatos del libro, ambientados en los ‘40 y ‘50 son marcadamente sociales y políticos. Los últimos hablan más de sentimientos y nostalgias personales, ¿en qué registro te encuentras más cómodo?
Me siento muy bien en los dos. Y quisiera seguir alternándolos, o mezclándolos… No creo que exista una dicotomía entre el «dentro» y el «fuera», entre lo personal y lo social. Vengo de una generación que no concibe una realidad íntima al margen de lo que sucede en el exterior. Ambas realidades nos son inseparables… para bien o para mal. 
 
En tu libro hay muchas referencias a la postguerra, tanto en Madrid como en Asturias, ¿qué opinas de los que dicen que ya está bien de hablar de la guerra civil?
 
Que están mediatizados por otros intereses —políticos, por ejemplo— o que son personas imbuidas por informaciones con falta de criterio. ¿Acaso se ha hablado ya mucho sobre la II Guerra Mundial o alrededor del descubrimiento de América? Sobre la tragedia de la Guerra Civil Española se ha escrito, cuantitativamente, muy poco todavía. Y pienso que sobre ella se escribirá cada vez más —hay que escribir mucho más— a pesar de esa minoría de interesados y pazguatos.
 
La mayoría de tus relatos están llenos de nostalgia y distancia, recuerdan de alguna manera a los relatos de juventud de Hemingway, ¿de dónde sale tanta tristeza?
 
La nostalgia es hija del tiempo. El tiempo nunca volverá, se pierde en esa distancia de la que hablas y, con él, se van los años de la vida. Quien diga que no le apena ver cómo se fueron no dice la verdad, y creo que para escribir hay que decirla lo más entera posible. La tristeza es parte de este enigma que llamamos vida y es un sentimiento muy elevado y creativo, no creo que pueda haber un buen relato o una buena novela sin emociones como el misterio, el amor, la aventura o la nostalgia. La tristeza es parte sustancial de la condición humana, sí, creo que de ahí proviene…
 
Hasta ahora, sólo has publicado relatos breves, ¿para cuándo una novela?, ¿y cuál sería el tema?

Sí, me apetece escribir una novela, aunque seguiré también con el relato breve. Empezaré con ella muy pronto, a ver qué tal me encuentro en ese medio tan diferente al cuento, y tan atractivo. Pero antes de comenzarla me acercaré a ver el mar, le echo en falta. Necesito estar frente al Cantábrico para sosegar las ideas que tengo y saber cuál va a ser el hilo conductor de la trama.

Isaac Newton decía que él se limitaba a alzarse sobre los hombros de los gigantes que le precedieron. ¿Qué escritores o, más bien, qué libros, han hecho posible Nunca llueve sobre el Sáhara?

Pregunta complicada, Guillermo. Después de tantos años de leer, a uno le queda la sensación de un totum revolutum, de que todos esos libros han formado uno mucho más grande, un gigantesco volumen del que has ido aprendiendo y guardando aquello que parecía mejor: de uno te impresionó la prosa certera, de otro la capacidad descriptiva, de algunos más la sensibilidad poética o la sensualidad… De entre todos ellos, te diré tres: La vorágine, de José Eustasio Rivera; Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez e Historia universal de la infamia, de Jorge Luis Borges: una tormenta perfecta en la selva, Macondo y Tom Castro, el impostor.

Y que me perdonen todos los demás…

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Guillermo Ortiz López, es escritor y periodista (http://www.guilleortiz.com/)
 

 

….

 

Portada

 

-Cuéntanos qué es, qué significa para ti Nunca llueve sobre el Sáhara

-Antes de nada, darte las gracias por esta entrevista, Mercedes. Es una satisfacción para mí que aparezca en tu blog.  Nunca llueve sobre el Sáhara es una compilación de relatos fruto del trabajo de estos últimos años en el taller literario de El Café Comercial, en Madrid, un lugar de encuentro para escribir y debatir sobre el relato y la literatura en general. Allí he tenido la oportunidad de aprender y corregir errores, de superar el «yoísmo», que todos padecemos de una u otra forma, de aceptar las críticas con talante constructivo.

El libro representa para mí cumplir una ilusión, llegar a una meta marcada hace tiempo, cuando decidí dar el salto desde el leer al escribir. Los 18 relatos incluidos en el libro son la muestra de un tiempo de trabajo y reflexión, de autocrítica, de búsqueda -en fin- de un estilo propio a partir de mi experiencia vital y, sobre todo, de una exigencia personal para conseguir el objetivo. A pesar de los sinsabores que te da escribir, que los hay, creo que el esfuerzo ha merecido -y merece- la pena.

 -¿Bajo qué procesos creativos nacen tus relatos?

 –Surgen sin más. En ocasiones es una imagen, otras una conversación, las más de las veces la música. He escuchado toda mi vida música, sin parar. La fuerza inspiradora de la música -el «arte de las artes»- me ha «despertado» muchas historias. Estaban ya «dentro», por supuesto, pero pareciera que sin la ayuda de una «química» externa no hubieran querido mostrarse. La actitud creativa sigue siendo un misterio… se siente o no, y punto, no hay universidades que la enseñen. Luego, por supuesto, hay que ponerse al trabajo. La historia, los personajes, su entorno están en la cabeza pero hay que darles la mejor forma posible. A veces, el relato sale de un tirón, la trama se desarrolla con una facilidad pasmosa, después «sólo» hay que sacar la goma de borrar (que lleva su tarea, también) para redondear el texto; otras veces los personajes se rebelan como si tuvieran vida propia y llegas a un final inesperado, distinto del que habías concebido. Quizá ésta última situación es la más creativa, la que más satisfacción puede aportar al escritor…

 -Ordenador, lápiz y papel… ¿Cómo escribes? 

-Cuando empecé a escribir los ordenadores ya eran instrumentos muy comunes. Algo escribí «a máquina», pero creo que las posibilidades de trabajo que da un procesador de textos no se pueden comparar con el «engorro» de  las correcciones sobre un papel, amén del factor ecológico que supone no tener que consumir el mismo. Respeto mucho a los que escriben «a mano», pero creo que hoy son una minoría «romántica». En cualquier caso, el soporte técnico utilizado para escribir no es significativo: lo importante es tener algo que expresar (se dice que Jack Kerouac, el autor de En el camino, escribía en rollos de papel higiénico).

Leer, sin embargo, es otra cosa. Venimos de la cultura del libro, la liturgia de tener un libro entre las manos y sentir el tacto del papel, la intimidad y la fuerza comunicativa que conlleva el acto de acercarte tú solo a las ideas de otro a través de unas hojas impresas, es -hoy por hoy- insustituible. Fíjate que siendo, como soy, un convencido del inmenso potencial que tiene Internet me resulta imposible «sentir» un libro electrónico. Cuando termino un cuento, lo imprimo, necesito tenerlo entre las manos para saber si he acertado o no… 

 -¿Qué relación mantienes con las musas?

 -Difícil pregunta, Mercedes. Son tan esquivas como los dioses, o las hadas, o como las palabras, que a veces se pierden en la miseria de la rutina. Me conformo con que me visiten de cuando en cuando, como ese amigo que aparece de repente al cabo del tiempo y te cuenta sobre lo que ha hecho desde la última vez que le viste. Mientras tanto, hasta que vuelven, procuro conversar «con el hombre que siempre va conmigo…», como dijo Antonio Machado.

-Enfermedades del escritor: el síndrome de la página en blanco…

 -Todos podemos enfermar. Enfermamos de tedio, de abulia, de desesperanza, de desamor… La sociedad del siglo XXI es experta en este tipo de males. Hay demasiado que comprar y poco que regalar, el precio es nuestro carné de identidad y la indiferencia ante los demás, el pasaporte. No creo que haya hojas en blanco: hay personas en blanco. Se trata, creo, de sentarse ante la página, hinchar los pulmones del alma… y escribir. Lo demás tiene, tendría, que venir solo.

 -Estás acariciando la idea de escribir una novela…

 -Escribir una novela es algo deseado por todos los escritores. Pero tampoco hay que sacralizar este género, ahora tan magnificado. Muchos escritores (se me viene a la memoria Oscar Wilde) no le concedieron mayor importancia: el relato, el poema (desgraciadamente arrinconado en estos tiempos), el teatro, son también instrumentos poderosos de la literatura. Pero sí, quiero escribirla. Voy a darme un tiempo de reflexión, hasta después del próximo verano. Siento que necesito ver el mar, escuchar música y soñar con los personajes -ya presentidos- que me impulsarán a hacerla… 

 

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Entrevista publicada originalmente en el blog de Mercedes Pajarón …y los cuentos, cuentos son (http://loscuentoscuentosson.blogspot.com/)

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